11 de abril de 2008

(B)

La idea llegó inesperada y tuve que interrumpir lo que estaba haciendo para anotarla. Primero una frase, luego otra, y ya no pude frenar. La anotaba sin corregirla, con miedo a perder el final, y de tanto apretar el lápiz tuve que sacarle punta una vez que di vuelta la hoja. Unas cuantas líneas después todo estaba listo; la idea no se había esfumado, como tantas otras veces.
Terminé lo que hacía antes de escribir y pasé a la computadora. Quedé muy conforme con lo escrito, tanto como para no hacerle casi ninguna enmienda. Lo atesoré en una carpeta y me fui a bañar porque tenía que salir.
Volví esa noche contento de saber que ella estaba lista para mi revisión final. Fantaseé con un mero trámite, una relectura fugaz que confirmara su valor.
Para mi sorpresa me encontré con un problema en la primera frase. Un tiempo de verbo que no me conformaba. ¡Por qué nunca habré aprendido nada sobre esto! Pronto recordé que esa misma porción de palabras me había sonado confusa al momento de transcribirla. Me tranquilicé: era solo una frase, estaba todo bajo control.
Pero la tercera oración tenía sus dificultades, y la quinta también, y no había coherencia entre el primer párrafo y el segundo. Y había más. Desesperé. Se escapó mi confianza como una mujer en mis sueños.
El texto estaba todo cortado, con frases enteras separadas del resto. Trabajé durante un buen rato. Resolvía una de ellas y perdía el peso que yo había soñado. Arreglaba otra y ya no tenía continuidad con la anterior. Emparchaba una más, pero repetía palabras de la primera. Todo era un descontrol.
La gran idea se transformó en un problema. Toda su fuerza, su oscuridad, sus colores y sabores se habían diluido en malas decisiones, o tal vez nunca habían existido más que en mi fantasía. Borré el archivo e intenté reescribir todo, sin avanzar más allá de la primera frase.
Borré otra vez y apagué la computadora, preguntándome qué estaría soñando esa persona que la había escrito. Ya era tarde. Tal vez al día siguiente…

2 comentarios:

Anónimo dijo...

A veces es necesario no releer tanto y difrutar de esos momentos espontaneos.

Fernando dijo...

No coincido con vos y te explico por qué: este blog no tiene otro sentido que el de la práctica. Me pone en la obligación de escribir y de pensar en que alguien lo puede leer (aunque casi nadie lo haga, pero eso no viene al caso). No es un "diario" porque no lo pensé así, y tampoco es algo que haga puramente por placer: escribir es para mi una tortura. Una tortura necesaria, sin la que no podría vivir. Por eso mi empeño en que quede bien... o al menos no tan mal.
Gracias por pasar, quien quiera que seas.