La luz de la noche recortaba las sierritas del oeste del pueblo. Yo las miraba por el ventanal mientras esperaba apoyado contra una pared, abstraído del ruido de cuarteto y las pendejas gritando. Mi primo volvió de la barra con otro fernet que tomé despacito, mirando la ronda que daba vueltas toda la noche, sin parar, al ritmo de una música que me sonaba repetitiva. Terminé el vaso y crucé la pista por el borde hasta llegar al umbral del patio interno, donde estaba el baño. Alguien me agarró del antebrazo con suavidad y entendí rápido que no era mi primo. Ella tiró de mi hasta que me agaché a escucharla, porque algo decía que la música no dejaba oír.
-Vos sos M?
-¿Cómo sabés?
-Eso no importa. Escuchame una cosa, hacé lo que querás, baila toda la noche, a mi no me importa. Pero cuando tengás ganas de irte me buscás y nos vamos, ¿dale?
Mi cara de sorpresa dijo todo y ella se esfumó entre la gente. Llegué al baño y a mi turno en el mingitorio no pude hacer nada. Un borracho me miraba de atrás como enojado y me sentí observado. Ser de Capital en ese pueblo era algo que no pasaba desapercibido, como me acababan de demostrar.
Volví con mi primo y tomamos varios tragos más. Cuando se fue un amigo suyo le conté lo sucedido y estalló en carcajadas. Porteño tenés que ser, hijo de puta, ¿y quién es la culeáh? Yo no sabía su nombre.
Terminaba la noche y despuntaba el sol detrás de las sierras grandes. En cuentagotas se iban yendo algunas parejitas y muchos borrachos. Volví a cruzar la pista hasta que la encontré sentada arriba de un parlante, mirando a un costado aunque yo la había visto verme llegar. No hicieron falta palabras. Se bajó de un saltito y caminó delante mío, como marcándome el camino. Antes de llegar a la salida mi primo nos vio de lejos y me hizo una seña con un brazo, como si estuviera revolviendo unos dados en el puño. Bajé la escalerita de la entrada aguantando la risa mientras ella ya estaba cerca de la esquina, donde finalmente frenó y volteó para esperarme.
Dimos vuelta la esquina como quien da vuelta una página. Por extraño que pareció, no había nadie caminando en los 400 metros que se alcanzaban a ver hasta que empezaba la ruta, y el ruido del cuarteto se había extinguido como un recuerdo de ensueño. Caminamos unas cuadras sin hablar, con la cabeza gacha, hasta que ella rompió el silencio. Sucede que en un pueblo de tan pocas personas todo se sabe, pero igual se actúa. No tan seguros de estar solos intercambiamos frases de libreto, de las que se usan para no quedarse callado, hasta que me alejé unos pasos y la miré con el descaro que me daban varios vasos de alcohol en la sangre. Estaba buena. Tenía un vestidito fino que se adivinaba suave, y las piernas torneadas. No me acuerdo de su cara pero sé que no era su punto más agradable. Ella se rió de costado y me miró a su vez, recorriéndome de arriba abajo. Nos acercamos hasta chocarnos y sentí su perfume, su olor, y su pelo me rozó las mejillas. La rodeé con mi brazo apoyando mi mano en su cuello, bajándola despacio para rozarle los pechos mientras su respiración cambiaba y me miraba sin parpadear, el labio entre sus dientes. Me dijo esperá lindo, ya llegamos, y cruzando la ruta bajamos para el lado del río viejo unos 30 metros. Contra un árbol diminuto se frenó y me agarró de las caderas, acercándome hasta apoyar todo su cuerpo sobre el mío. Sentí sus pechos contra mí, sus dedos fríos metiéndose bajo mi pantalón, sus besos acelerados en ese lugar tan fácil de ver desde varios puntos cercanos y no tanto. Le pregunte por aquello y me dijo quedate tranquilo lindo, acá no nos ve nadie, y me desabrochó el pantalón tomándome con una de sus manos, masturbándome mientras me miraba a los ojos. Date vuelta nena, le dije a manera de orden, y le corrí la bombachita hacia un costado, sintiendo mis dedos mojados mientras la tocaba. Me cerqué finalmente a ella y sentí como ahogaba un suspiro mientras entraba en ella.
Yo estaba tan caliente… acabé en pocos minutos sobre sus muslos, sobre su vestido, sobre su bombacha. Ella me miraba de espaldas, con la cola levantada y la espalda arqueada. Luego se agachó para subirse la ropa y sin limpiarse me agarró de la remera, tirándome sobre ella, mordiéndome la boca. Comencé a tocarla con una mano mientras la otra jugaba entre sus pechos duros. Los dos nos besábamos con los ojos cerrados, sin interesarnos por donde estábamos, pero por suerte nadie pasó. A los pocos minutos volví a calentarme lo suficiente como para empezar de nuevo y esta vez tardar un poco más, esperándola a ella. Volví a acabar en sus muslos y vi como todo se desparramaba hasta sus pies, se metía entre sus dedos. Quise sacar un pañuelo que por casualidad llevaba en el pantalón pero ella no quiso. Se reía. Me tengo que ir ya, dijo, y me dejó un beso mientras desapareció por entre unas casas y yo la miraba con el pantalón desabrochado.
Caminé de vuelta a la casa de mi primo bordeado el río viejo hasta el puentecito, por donde no pasaba nadie. Entré a la pieza y me desplomé sobre la cama sin siquiera pasar por el baño. Mi primo roncaba y no había nadie a quién contarle. Hasta el día siguiente.
2 comentarios:
hot!
Suena a esos amaneceres en los que hace muuucho calor y todo se pegotea y se empasta la boca de tanto tomar.
guau, ¿tan sólo éso hay que hacer?
sublime.
Publicar un comentario