15 enero 2008 

210 Su vestido rojo

Ella no buscaba hombres sino sus historias, y no descansaba hasta conocerlas por completo en aquellos tipos que elegía. Una vez que lograba desanudarlas o estas se volvían reiterativas, se alejaba de esas personas hasta terminar la relación. Ella siempre decía que la noche estaba llena de tipos con historias de un fin de semana, incluso de horas, y hasta de una cerveza. A esos los aborrecía. Los rechazaba con toda la fuerza de su mirada negra y sus palabras hirientes. En el bar donde iba todos los fines de semana la conocían por su carácter, sus preguntas y sus convicciones torcidas e inmutables.
Esa noche estaba apostada en el patio interno del bar cuando encontró algo. Esta vez era un tipo de casi dos metros de altura, con cara de hosco, tal vez de inteligente. Lo vio llegar al bar con su camisa desabrochada y totalmente borracho mientras saludaba a todos los barman y seguridad del local. Se preguntó cómo un hombre de ese lugar podía haberle pasado desapercibido luego de años de asistencia casi perfecta.
Lo siguió con la mirada y evaluó sus movimientos. Miraba con descaro a las mujeres que pasaban y había en él algo de melancolía y de misterio. Parecía uno de esos árboles que sobreviven al paso del tiempo, firme y duro pero inclinado hacia un lado a causa del viento o de varios litros de cerveza.
Se le acercó hasta ponérsele por delante. Cruzaron sus miradas y ella supo que había mucho para preguntar. Hablaron unos minutos hasta que el flaco perdió interés y se despegó del momento sin mucha ceremonia. Lo vio hundirse en el mar de gente que se amontonaba al fondo del bar, donde había un gran patio al aire libre. Ella lo miró irse con la boca semiabierta, sin entender qué había sucedido. El tipo había pasado con la fuerza de un huracán por su mente. Se sentía emocionada y desafiada, curiosa y con miedo. Dejó pasar unos minutos y se adentró ella también entre la gente que la tocaba, la llamaba, le ofrecía tragos mientras avanzaba como un taladro por la roca. Llegó hasta el patio trasero y se apostó en una esquina para buscarlo. Un tipo de su altura no podía pasar desapercibido, pero luego de unos minutos de no verlo empezó a desesperar. Aunque el patio no tenía salida y él debía pasar por ese lugar al menos una vez más esa noche, decidió avanzar entre la gente para hablarle otra vez.
Revisó las sillas, la barra y cada grupo de gente. Los rincones, el pasillo y la pared. Nada. Volvió trabajosamente sobre sus pasos, atravesando el patio abierto, el pasillo, el patio interno y la barra de la entrada hasta la puerta, lo que le tomó un par de largos minutos debido a que el bar se había llenado de gente que reía sin enterarse de su historia. No lo vio. Volvió nuevamente al fondo, y a la puerta, y así hasta las 7 de la mañana cuando se convenció que se le había escapado. Furiosa por su suerte preguntó por él a los de la barra y la seguridad, pero nadie parecía conocerlo. Eso aumentó su desesperación: ella los había visto saludarlos, ¿cuántos tipos de dos metros existía en este lugar?
Llego a su casa desconsolada, absorta, exhausta. Se fue a dormir con tristeza y con emoción. No sabía que nunca más lo volvería a ver, que sólo había sido una burla para ella, una revancha silenciosa de la gente del bar para tantos corazones rotos y miradas no devueltas. El flaco volvió esa madrugada junto a su esposa, sin olvidar colocarse el anillo nuevamente antes de verla, y nunca más piso el bar.
A la semana siguiente ella se puso su vestido rojo y lo esperó toda la noche cerca de la puerta del bar, con una cerveza en la mano que se fue poniendo caliente y una pierna posada en el sostén de una silla que no paró de impacientarse mientras caminaba el tiempo.

03 enero 2008 

209 Tres 5

-¿Y qué final le pondrías vos a esa historia?

No tenía la menor idea. Varias posibilidades daban vueltas por mi cabeza desde que ese viernes G había completado su parte de historia de los tres 5. Tres viernes seguidos, tres caminatas por la calle, tres cartas españolas tiradas en el suelo. Tres números 5. Pero ningún final para la aventura.
La primera carta fue un 5 de oro. La encontró en la calle el primer viernes, con la imagen mirando hacia el cielo, y la llevó hasta la casa de Rubén como una especie de amuleto. Esa noche ganó todos los partidos y sus compañeros de equipo se lo adjudicaron al amuleto. Una semana más tarde encontró otra carta en el suelo, esta vez con el lomo hacia el sol. Para su sorpresa era nuevamente un 5 de oro, aunque de un mazo diferente. Esa misma tarde me llamó alborotado para comentarme lo sucedido.

-Mañana le jugamos al 5 y al 55 en la quiniela.

Por supuesto, ninguno de nosotros dos jugó. Tampoco los números salieron sorteados, como me encargué de revisar.
El tercer viernes festejamos el cumpleaños del Rubio en la terraza de su casa. Cuando llegó G nuestro estado era calamitoso debido a horas de alcohol y partidas de truco. Parado en el último escalón de la escalera, con una expresión que era mezcla de asombro y triunfo, llamó nuestra atención con un grito de su vozarrón áspero y sacó de su bolsillo un 5 de espadas, visiblemente manchado por pisadas, que había encontrado al bajar del taxi que lo había llevado hasta allí. Todos conocíamos la historia que precedía a ese momento, y por unos segundos hicimos un silencio profundo, como de respeto.

-El viernes que viene le jugamos todos al 5, al 5 y al 555 en la Nacional y la Provincial.

Como era de esperar, nadie jugó, ni salieron esos números.
El cuarto viernes no pasó nada.
La historia me parecía buena, aunque necesitaba un final. Llamé a G a su casa y se lo exigí. Le di una semana más para que caminara por las calles de la ciudad y provocase el desenlace que cerrara el círculo. Lo volví a llamar una vez cumplido el lapso pero nada había sucedido en su vida que justificara un cierre. Ni cincos, ni oros, ni espadas, ni premios millonarios.
Unas semanas más tarde le conté a Nat esta historia mientras caminábamos por la noche calurosa de Palermo. Esquivábamos las baldosas rotas de la calle Gurruchaga cuando terminé de exponer la historia y el relato de mi angustia por la impericia de G en entregarme un final adecuado. Luego de un silencio de unos metros ella me dijo:

-¿Y qué final le pondrías vos historia?

No tenía la menor idea. Yo culpaba de esto a G, quien en algún momento de la historia se había desviado del camino, evitando el final. Porque a nadie le escapa que luego de dos 5 de oro tiene que venir un tercero, y que la aparición de un 5 de espada era un alerta de que en algo se estaba equivocando. Quien planeaba este asunto de las cartas le avisaba a G que no podía tirar al olvido toda la historia, que debía volver a jugar el juego, porque de lo contrario no se develaría el misterio.

-¿Y qué final le pondrías vos historia?

Me zumbaba en los oídos las palabras de Nat. La miré caminar a mi costado, un paso más adelante mío, y vi como la luz de la calle acariciaba su cuello armando dibujos al azar mientras se colaban sus haces por entre las hojas de los densos árboles de esa calle. Le acaricié por detrás de las orejas, y tomándola suavemente de un hombro detuve su marcha. Me acerqué a ella, la llevé hasta la entrada de una casa y la hice pararse en el escalón de una entrada para ponernos a la misma altura. Nos besamos un rato largo amparados por la oscuridad de un palo borracho que ocupaba la mitad de la vereda. Intenté en broma y en vano levantarle la pollera hasta que nuestras risas se hicieron tan fuertes que algunos caminantes notaron nuestra presencia. Ya era hora entonces de partir. La abracé y mi cabeza quedó sobre su hombro unos segundos, mientras mis ojos se fijaron en un cartelito que no había reparado antes. Sentí el frío recorrer mi cuerpo y Nat lo notó porque sus manos estaban en mi espalda. El cartel decía “Gurruchaga 1555”.
-Ahí tenés un final para tu historia…
Una vez que se nos pasó el susto nos fuimos caminando hacia Plaza Serrano. Mientras caminábamos pensaba sobre las coincidencias y los encuentros que adjudicamos al azar, sobre la posibilidad que todo esto sea solo una gran broma de alguien que se divierte viéndonos vivir y morir. Un poco para mí, un poco para Nat, dije finalmente:

-Mañana le juego al 5, al 55, al 555 ¡y al 1555!

Por supuesto, no jugué. Pero nunca me animé a revisar si esta vez habían salido.

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