210 Su vestido rojo
Ella no buscaba hombres sino sus historias, y no descansaba hasta conocerlas por completo en aquellos tipos que elegía. Una vez que lograba desanudarlas o estas se volvían reiterativas, se alejaba de esas personas hasta terminar la relación. Ella siempre decía que la noche estaba llena de tipos con historias de un fin de semana, incluso de horas, y hasta de una cerveza. A esos los aborrecía. Los rechazaba con toda la fuerza de su mirada negra y sus palabras hirientes. En el bar donde iba todos los fines de semana la conocían por su carácter, sus preguntas y sus convicciones torcidas e inmutables.
Esa noche estaba apostada en el patio interno del bar cuando encontró algo. Esta vez era un tipo de casi dos metros de altura, con cara de hosco, tal vez de inteligente. Lo vio llegar al bar con su camisa desabrochada y totalmente borracho mientras saludaba a todos los barman y seguridad del local. Se preguntó cómo un hombre de ese lugar podía haberle pasado desapercibido luego de años de asistencia casi perfecta.
Lo siguió con la mirada y evaluó sus movimientos. Miraba con descaro a las mujeres que pasaban y había en él algo de melancolía y de misterio. Parecía uno de esos árboles que sobreviven al paso del tiempo, firme y duro pero inclinado hacia un lado a causa del viento o de varios litros de cerveza.
Se le acercó hasta ponérsele por delante. Cruzaron sus miradas y ella supo que había mucho para preguntar. Hablaron unos minutos hasta que el flaco perdió interés y se despegó del momento sin mucha ceremonia. Lo vio hundirse en el mar de gente que se amontonaba al fondo del bar, donde había un gran patio al aire libre. Ella lo miró irse con la boca semiabierta, sin entender qué había sucedido. El tipo había pasado con la fuerza de un huracán por su mente. Se sentía emocionada y desafiada, curiosa y con miedo. Dejó pasar unos minutos y se adentró ella también entre la gente que la tocaba, la llamaba, le ofrecía tragos mientras avanzaba como un taladro por la roca. Llegó hasta el patio trasero y se apostó en una esquina para buscarlo. Un tipo de su altura no podía pasar desapercibido, pero luego de unos minutos de no verlo empezó a desesperar. Aunque el patio no tenía salida y él debía pasar por ese lugar al menos una vez más esa noche, decidió avanzar entre la gente para hablarle otra vez.
Revisó las sillas, la barra y cada grupo de gente. Los rincones, el pasillo y la pared. Nada. Volvió trabajosamente sobre sus pasos, atravesando el patio abierto, el pasillo, el patio interno y la barra de la entrada hasta la puerta, lo que le tomó un par de largos minutos debido a que el bar se había llenado de gente que reía sin enterarse de su historia. No lo vio. Volvió nuevamente al fondo, y a la puerta, y así hasta las 7 de la mañana cuando se convenció que se le había escapado. Furiosa por su suerte preguntó por él a los de la barra y la seguridad, pero nadie parecía conocerlo. Eso aumentó su desesperación: ella los había visto saludarlos, ¿cuántos tipos de dos metros existía en este lugar?
Llego a su casa desconsolada, absorta, exhausta. Se fue a dormir con tristeza y con emoción. No sabía que nunca más lo volvería a ver, que sólo había sido una burla para ella, una revancha silenciosa de la gente del bar para tantos corazones rotos y miradas no devueltas. El flaco volvió esa madrugada junto a su esposa, sin olvidar colocarse el anillo nuevamente antes de verla, y nunca más piso el bar.
A la semana siguiente ella se puso su vestido rojo y lo esperó toda la noche cerca de la puerta del bar, con una cerveza en la mano que se fue poniendo caliente y una pierna posada en el sostén de una silla que no paró de impacientarse mientras caminaba el tiempo.
Esa noche estaba apostada en el patio interno del bar cuando encontró algo. Esta vez era un tipo de casi dos metros de altura, con cara de hosco, tal vez de inteligente. Lo vio llegar al bar con su camisa desabrochada y totalmente borracho mientras saludaba a todos los barman y seguridad del local. Se preguntó cómo un hombre de ese lugar podía haberle pasado desapercibido luego de años de asistencia casi perfecta.
Lo siguió con la mirada y evaluó sus movimientos. Miraba con descaro a las mujeres que pasaban y había en él algo de melancolía y de misterio. Parecía uno de esos árboles que sobreviven al paso del tiempo, firme y duro pero inclinado hacia un lado a causa del viento o de varios litros de cerveza.
Se le acercó hasta ponérsele por delante. Cruzaron sus miradas y ella supo que había mucho para preguntar. Hablaron unos minutos hasta que el flaco perdió interés y se despegó del momento sin mucha ceremonia. Lo vio hundirse en el mar de gente que se amontonaba al fondo del bar, donde había un gran patio al aire libre. Ella lo miró irse con la boca semiabierta, sin entender qué había sucedido. El tipo había pasado con la fuerza de un huracán por su mente. Se sentía emocionada y desafiada, curiosa y con miedo. Dejó pasar unos minutos y se adentró ella también entre la gente que la tocaba, la llamaba, le ofrecía tragos mientras avanzaba como un taladro por la roca. Llegó hasta el patio trasero y se apostó en una esquina para buscarlo. Un tipo de su altura no podía pasar desapercibido, pero luego de unos minutos de no verlo empezó a desesperar. Aunque el patio no tenía salida y él debía pasar por ese lugar al menos una vez más esa noche, decidió avanzar entre la gente para hablarle otra vez.
Revisó las sillas, la barra y cada grupo de gente. Los rincones, el pasillo y la pared. Nada. Volvió trabajosamente sobre sus pasos, atravesando el patio abierto, el pasillo, el patio interno y la barra de la entrada hasta la puerta, lo que le tomó un par de largos minutos debido a que el bar se había llenado de gente que reía sin enterarse de su historia. No lo vio. Volvió nuevamente al fondo, y a la puerta, y así hasta las 7 de la mañana cuando se convenció que se le había escapado. Furiosa por su suerte preguntó por él a los de la barra y la seguridad, pero nadie parecía conocerlo. Eso aumentó su desesperación: ella los había visto saludarlos, ¿cuántos tipos de dos metros existía en este lugar?
Llego a su casa desconsolada, absorta, exhausta. Se fue a dormir con tristeza y con emoción. No sabía que nunca más lo volvería a ver, que sólo había sido una burla para ella, una revancha silenciosa de la gente del bar para tantos corazones rotos y miradas no devueltas. El flaco volvió esa madrugada junto a su esposa, sin olvidar colocarse el anillo nuevamente antes de verla, y nunca más piso el bar.
A la semana siguiente ella se puso su vestido rojo y lo esperó toda la noche cerca de la puerta del bar, con una cerveza en la mano que se fue poniendo caliente y una pierna posada en el sostén de una silla que no paró de impacientarse mientras caminaba el tiempo.